Museo del Monopatín

Quedé con Jairo como quien queda por Wallapop para vender algo. Nos reconocimos en la esquina arqueando nuestras cejas y enseguida me llevó a un espacio modesto pero amplio y bien iluminado, donde guarda su colección particular que es la que compone el Museo del Monopatín de Gijón. Una cantidad pantagruélica de monopatines y cualquier cosa que se te pase por la cabeza relacionada con el tema; probablemente la colección de producción nacional más exhaustiva en este momento. 

Aunque te puedas hacer una idea, hasta que no llegas a la sala principal y te pones delante de cerca de doscientos monopatines organizados por marcas y modelos desde finales de los años cincuenta, no eres consciente de la dimensión del tesoro. Así descubro, por ejemplo, que la marca catalana de submarinismo Nemrod o G.A.C., fabricante de bicicletas, hicieron sus pinitos en el mundo del skate y comercializaron algunos modelos. O que antes de la creación del primer skatepark oficial del país, el de Arenys de Munt, hubo un proto-skatepark en la pista de aterrizaje del aeródromo del Ampurdán. En el museo podrás disfrutar de unas imágenes impagables de 1978 que ilustran esta historia y que no encontrarás en ningún otro sitio. Jairo te contará el por qué.   

Su colección se compone de más de seiscientos monopatines, muchos de ellos almacenados en estanterías industriales esperando el momento de verse expuestos, junto a registros de patentes, latas con películas originales del NoDo donde se relata la llegada de la fiebre del monopatín a España, pegatinas patrias, publicidad de una marca de tiritas con instrucciones de seguridad para patinar sin riesgos, libros, revistas, cacharrería, recortes de prensa. Todo lo que de alguna manera pueda vincularse al origen del roll surf—como se llamaba el monopatín cuando aún no tenía nombre descansa en este local a la espera de nuevas adquisiciones a las que hacerles un hueco. 

Con una actitud completamente Do It Yourself  y autogestionada, Jairo y Eloína, su pareja, tratan de hacer crecer este proyecto que, por definición, se verá culminado cuando pueda mantener sus puertas abiertas al público. Mientras invocan la ayuda de alguna entidad o institución, alguien de su entorno les trae una televisión que ya no usan. La semana pasada fue una nevera. Recogen los electrodomésticos, comprueban que aún funcionan, los venden online y con lo que sacan, reinvierten en la colección. Eloína y Jairo fantasean con una exposición itinerante a lomos de un tráiler de dieciocho ruedas y hablan de sacarse el carné de camión mirando el reloj de reojo porque tienen que volver al curro mientras sus hijos colocan las pegatinas que les he llevado sobre las paredes.

Jairo habla a trompicones por el entusiasmo de lo acumulado y las ganas de que sepas lo que sabe. A ratos suena como si se hubiera dejado encendida la tele y la radio a la vez.  Lo que empezó con un par de donaciones y piezas encontradas de chiripa junto a algún contenedor, se ha transformando en veinte años de recolección. Sigue llevando pantalones cortos y anchísimos con los que se patinaba en los noventa y aún se le abren las aletas de la nariz ante la emoción de encontrar la siguiente pieza. 

Puede que sea coincidencia, pero Jairo no está solo. Parece ser que ahora hay fiebre de coleccionismo skater por todas partes pero además, la densidad de coleccionistas incorregibles por metro cuadrado en Asturias es elevada. Claudia López atesora en una habitación de su casa de Gijón una colección de cuatrocientas muñecas Barbie.  Silvia Castro, natural de Covadonga, ha juntado más de nueve mil gomas de borrar a lo largo de treinta años y la feria Internacional del Coleccionismo de Mieres cumple este año su doceava edición. Eso sin olvidar el museo de la Fórmula 1 de Fernando Alonso, que con una superficie expositiva de mil doscientos metros cuadrados, cuenta con alrededor de cuatrocientas piezas de la colección personal del piloto.

La línea que separa el coleccionismo del síndrome de Diógenes a veces no se ve. Y es curioso porque, a Diógenes no se le recuerda por sus escritos, de los que no se conserva ninguno, sino porque dormía dentro de una tinaja y portaba con él lo estrictamente necesario, es decir,  casi nada. Debe ser por esto que se encuadra dentro de la corriente filosófica del cinismo clásico. Aunque, para cinismo el nuestro, que le pusimos su nombre a la manía de acumularlo todo. Diógenes apenas tenía posesiones pero las personas como Jairo que en lugar de padecerlo, disfrutan de este síndrome, están convencidas de que todo lo que almacenan será útil en algún momento.

Espero que eso le suceda pronto al Museo del Monopatín y encuentre su manera de sorprender a un público amplio y entusiasmado. Mientras tanto, si pasas por Gijón y te interesa, puedes contactarles por redes. Seguro que te harán un hueco y te ofrecerán un tour exclusivo y detallado por sus tablas, que tiene mucho de regreso a los bordillos de la infancia.

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