Pijamas de rayas

A eso de las dos y media, uno para de hacer flexiones y el otro de hornear bizcochos. Se quitan los pijamas, se visten de calle, preparan un vermú y cada uno se sienta en su lado del sofá mientras les pasa por delante un telediario de hora y pico. Hacia el final de la emisión siempre hay un hueco para alguien tocando el oboe en una terraza. Abrumados por el minuto y resultado de las estadísticas y lo pequeña que es la buhardilla, en vez de hablar, se dan chispazos de electricidad estática.

El virus se propaga por la tele, un Iphone, un Huawei y dos portátiles. Aún así, las primeras semanas mantienen el buen humor. Ríen juntos un par de veces al día compartiendo el papel de espectadores y figurantes de una misma serie. Como no tienen ningún familiar afectado, algunas sobremesas hablan de personajes y cliffhangers. Con el paso de los días las subtramas más flojas se diluyen entre los editoriales dando paso a otras nuevas: un dirigente extranjero en la UCI, otro intentando inyectarle lejía a los ciudadanos, miles de test defectuosos. Un astronauta enseña a los niños como ponerse una máscara mientras un expresidente camina deprisa saltándose el confinamiento. A veces preparan palomitas para el telediario de la noche que ofrece un equilibrio casi perfecto de distopía, suspense, incorrección política y docudrama. “Descarnada, escalofriante, cínica, provocadora”: todos los adjetivos que aparecen al pasar el cursor por encima de una serie de Netflix.

El tiempo ni pasa ni cunde. Los titulares gotean igual que humedades de un techo en un cubo. Ya no bromean tanto y empiezan a discutir sobre cualquier tema. Discuten más tiempo de lo que dura en portada una noticia o un bulo. Se aceleran como si fueran tertulianos aunque sus opiniones hayan podido convivir hasta ahora. Dialogar nunca les había irritado tanto. Es una crispación contagiosa y a la que les llega otro link, empiezan de nuevo.

Cuando la curva alcanza el pico ya se levantan la voz. Saben que es otra válvula de escape como la repostería o la suscripción gratuita a PornoHub Premium por eso no le dan demasiada importancia. Se sulfuran y, cuando se les pasa, se evitan un rato en silencio por los 33 metros cuadrados que comparten.

A medida que baja el número de fallecidos al día, se dispara la furia. Era visto, pero una vez los políticos salen del confinamiento y entran al congreso, aquello es para verlo. Cenan frente al televisor y entre el televisor y ellos, sendos portátiles. Cada uno en su lado del sofá, cuchara en mano, pendiente de la información del móvil. La versión del país que llega desde el exterior se ha reducido a un sistema binario. No importan ni los matices ni los tonos ni los detalles. Ni virus, ni viras. Según reporta la prensa, en el país solo pueden existir dos categorías. Quienes se encuentren en medio son extranjeros por fuerza. De eso se trata. De acorralar a los ciudadanos; meterlos en uno u otro corral.

En un momento de calma escuchan perplejos que en los países binarios se distinguirá a los ciudadanos, a partir de ahora, única y exclusivamente por el sentido de las rayas de sus pijamas. Podrían hacerse otras muchas distinciones pero parece ser que ahora todo va a reducirse a que uno de los dos países duerme con camiseta de rayas y el otro, en pijama, también de rayas. Y son del todo incompatibles.

No se hablan de otra cosa. De rayas de pijama. Horizontales contra verticales. Desconcertante y absurdo porque ellos, a veces, aún duermen sin nada. Todavía hay noches en que se acuestan con camisetas raídas de los Ramones. Las rayas horizontales de las camisetas representan los trajes de los presos de las películas antiguas y las rayas verticales, la sombra que proyectan los barrotes de una celda. Así, todos prisioneros.

Recuerdan que antes del encierro lo llevaban mejor. Podían ser binarios a ratos y al repartirlo entre todos sus parientes, amigos, allegados, vecinos, desconocidos y compañeros de trabajo era mucho más llevadero. Pero ahora, con el encierro, cada uno es todos esos para el otro.

Lo siguiente que ocurre es que empieza a escasearles la loza. Encuentran virutas de la vajilla por los rincones del suelo. Uno estampa un plato de espagueti contra la pared mientras otro tira una a una todas las tazas que les han regalado. Se desafían juntando las narices con el pelo pegado a la cara y se enseñan los dientes. Cada uno es ahora el mejor enemigo del otro. Se insultan citando textualmente los comentarios del público enardecido de las noticias digitales. Ya no hay vuelta atrás. Se restriegan por la cara los airados artículos de opinión que les llegan de todas partes. Se vigilan antes de meterse en cama. «No pensarás acostarte con ese pijama a mi lado». El zumbido que viene de fuera es imposible de parar. Han dejado de escucharse.

Una noche, abrazados en un último estertor de cariño, se acarician el pelo e intentan reconciliarse. Se dicen que se quieren. Para demostrarlo, desconectan la wifi y colocan bocabajo los móviles. Se dicen que ahora, más que nunca, no deben bajar la guardia, que ojalá hagan pronto un spinoff, que no aguantarán otra temporada. Están agotados.

Se separan pocos días antes de la fase cero del desconfinamiento y no se vuelve a saber de ellos. Tras la desescalada, las autoridades, alertadas por los vecinos, echarán la puerta abajo. En el suelo de la buhardilla encontrarán sus pijamas convertidos en jirones junto a las trizas de una ensaladera y la carcasa del Huawei. Al no hallarse ni rastro de sus cuerpos, aún no se sabe si computaran como bajas de la pandemia.

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