La sombrilla

Así es difícil calcular el tiempo, pero hace unos días se levantó un viento horrible. Nos despertamos muy tarde y creo que nos preparamos unos huevos con beicon. Apenas retengo las cosas, los días se me amontonan teñidos del mismo color. El caso es que estábamos con la segunda cafetera, mirando de reojo nuestros móviles y el viento ya había pegado un par de portazos cuando algo sonó como a nuevo en el patio. Un aleteo. Antes de salir a ver qué era nos prometimos no ver las noticias hasta que se hiciera de noche. Me asomé al patio y no había nada. Y con nada me refiero a que la sombrilla que teníamos en el patio ya no estaba. La compramos el año pasado por estas fechas en el Leroy Merlin. Una sombrilla de jardín, grande, con manivela inoxidable, sujeta a una de esas bases de piedra con un orificio. Pues la sombrilla no estaba. La habíamos sacado un par de días antes, un par o tres, no sé. La primavera empezaba y estaba saliendo el sol. No hemos hecho más que sacar cosas de los armarios y cambiarlas de sitio desde que no podemos salir. El patio es pequeño y cuadrado, con sus cuatro paredes bien altas. Una, la de la propia casa, otra da a una finca, otra al patio de un edificio contiguo y la última, a la pared de la casa de al lado. Antes del encierro, a la que podíamos, abríamos la sombrilla y nos hartábamos a Spritzs con los amigos. Ahora justo que venía el buen tiempo, en mitad del patio no había más que una base de piedra con su soporte ajustable para que las sombrillas no huyan.

Pero de la sombrilla, nada. Entré de un salto a la casa y grité.

—¡Hostia, la sombrilla!

Por fin un poco de acción, un poco de vida entre tanto estado de alarma, algo real, intwuiteable. Nos sentimos un poquito Buster y un poquito Keaton mientras nos caía encima la fachada falsa de un edificio y nos salvaba la suerte, nuestra sombrilla y el hueco de una ventana.

—Pero, ¡¿dónde cohone está?!

Cuando se asusta o se enciende, se le pone un acento sevillano que me vuelve loco. A la sombrilla no, a mi novia. Dábamos vueltas en círculos por el cuadrado del patio con las palmas de las manos hacia arriba y de la sombrilla, ni rastro. Le iba a caer una multa bien gorda si la paraban. No se contempla dar sombra como actividad esencial. La buscamos por el patio cada vez más agitados, murmurando. Nuestros párpados aletearon también y empezamos a buscarla a vista de pájaro. Nos la encontramos revoloteando por el casco antiguo y la vimos posarse en uno de los balcones de la catedral. Estaba yo tan a gusto contemplando El Obradoiro vacío cuando mi novia, erguida sobre la base de piedra con ojos cerrados de médium, empezó a verla husmeando en los matorrales de O Monte Do Gozo. Ahora tenía cuatro patas y cuando paraba de galopar le salía vapor del lomo. Corría con tantas ganas que crujían briznas del suelo. Cuando se cansó se puso a relinchar y yo, pues también relinché. En cuanto escucho un relincho, ya no lo puedo parar. Después la imaginé rumbo a la playa. Daban nordeste y solazo. La sombrilla planeaba como un halcón camino de Nemiña. Sola en la playa, la vimos hacerse la muerta, flotando como una estrella de mar, escupía hacia arriba un chorrito de agua. Así hasta que uno de los dos la imaginó incrustada contra el parabrisas de un blindado de la UME y abrimos de golpe los ojos. Quién sabe cuanto tiempo había pasado, pero ahora la sombrilla estaba allí, delante de nosotros, sobre el tejado de los vecinos. Íbamos a recogerla, pero ya andábamos excitados de ver cómo rellenaban nuestros cerebros las lagunas que seca la incertidumbre. Entramos en la cocina a follarnos vivos. A celebrar que lo estamos. Retrasamos nuestra huida porque la noche se había llenado de estrellas. Primero lo hicimos en el Pórtico de la Gloria, luego en una roca a la orilla del mar y nos relinchamos a monte, con la espalda empapada.

2 comentarios sobre “La sombrilla

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