MW

Posted on octubre 24, 2017

2



Muhammad Alí creó el mejor poema de la historia del boxeo y, esta mañana, el profesor Melifluo lo traía preparado, en una filmación, para proyectarlo en clase. La grabación, al final, se le ha quedado en el bolsillo. Una clase es una actuación, un aula un escenario donde puede pasar de todo y ocurre, a veces, que los mejores proyectiles permanecen enfundados. En el vagón de regreso a casa, el profesor Liviano no se puede quitar a Alí de la cabeza. Alí es enorme, eso lo sabe todo el mundo, pero el poema de Alí consta de cuatro letras.

El profesor Lampiño ha decidido no mostrar la grabación. La clase ha ido por otros derroteros y al final no ha encontrado la ocasión hasta que, quedando apenas diez minutos para que sonara el timbre, cuando la clase tenía la guardia baja, se lo ha soltado, sin más, a los alumnos. El profesor Azogue sabe que no sirve para eso, que en cuanto trata de recitar, los versos se le deshacen en la boca como antigripal efervescente. Después de decir el que quizás sea el poema más breve del mundo, tras deleitarse con el silencio que ha dejado en el aula, ha citado inmediatamente a la fuente.

El profesor le ha dicho a sus muchachos que está orgulloso de que hayan parado las clases y protesten. De que le echen en cara al decanato que no se tomen en serio los esquejes de racismo que brotan entre el asfalto del campus. Les ha pedido también que dejaran de pensar en términos de producción, que se pararan a pensar si divididos y vencidos no eran acaso la misma cosa. Por fin les ha advertido el  profesor Absorto, que cuando se les cayera el sistema encima, podría habérseles hecho tarde.

Esos chicos, ha pensado arrugando la frente, a veces parecen no tener espina dorsal. Les ha dicho que se sienten a cenar con gente con la que no compartan nada. Ni raza, ni credo, ni bandera, ni amigos y que escuchen. Que se vayan olvidando de que el mundo es binario. Después, los alumnos le han contado los detalles: que pintarrajearon unos carteles con unas svásticas, que alguien colgó una foto con un comentario asqueroso.

El profesor Badea ni es Alí, ni negro, ni está dando una conferencia en un salón de actos abarrotado en Harvard. El profesor Cetrino no vive en 1975, ni lo hace en blanco y negro, que es como recuerda a Alí. También él, a veces, echa en falta su espina.

Tampoco nadie le ha increpado desde la masa de estudiantes sentados un ¡suéltanos un poema! Todos sus alumnos saben que el profesor Oblongo no encajaría un solo golpe de Foreman. Pero si esa fuera su audiencia ahora mismo, si en un salón de actos repleto, con alumnos sentados en las sillas, tirados por el suelo, le pidieran un poema a un boxeador, se habría hecho el silencio con que Alí se afilaba la mirada. Para Alí cada día era el más importante de su vida. Ese no es el caso ni del profesor Adverso, ni el de sus alumnos pero Alí, afilado, asiente. Alí paladea el silencio y le entrega a la audiencia dos palabras de su boca. Cuatro lombrices con las que dar de comer a las crías:

Me,

We

 

 

 

 

Posted in: cuentículo, Cuentos