Desde la ventana se ve

Posted on septiembre 21, 2016

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Cabe en un sofá sin abrir de una casa que no es suya. El salón no tiene puerta y es también una cocina. No convierte el sofá en cama porque el colchón abierto da con una de las paredes del horno. Lo probó la primera noche después de recoger, según lo convenido, las llaves de debajo de un felpudo. De sus anfitriones apenas sabe nada, salvo que también viven en este país que ni es suyo, ni deja de arder nunca. El calor viene de fuera, o del motor de la nevera, mientras el sueño desabrocha su vigilia.

Acurrucada bajo una capa leve de sudor, con los ojos cerrados con demasiada fuerza, junto a su maleta sin abrir (su paréntesis cerrado), imagina esa cantina de cobre que aún no conoce. La sábana grande, arrugada y granate cubre la rafia del sofá pero no impide que, al contacto con la piel, siga abrasando. Se le pega a la espalda el sueño caminando ya al trasluz, junto a la bolsa donde lleva días colocando con cuidado la ropa que pronto habrá de lavar.

No sabe a qué hora regresan hoy, pero está segura de que para entonces ya estará despierta. Piensa en la ducha como en un postre, un helado que aliviará el olor dulce que se le evapora del cuerpo. Piensa en agua fría y en vestirse con cualquier cosa cogida a tientas de la maleta, de la que apenas correrá la cremallera para que no se descomponga. Para cuando sus anfitriones vuelvan a casa, confía en haberse sacudido el bochorno y en que hablarán los tres del tiempo.

Sin darse cuenta se lleva las manos, con postura de oración, al espacio entre sus muslos. Manos mojadas de hora de la siesta, de acercar el vaso con hielo a la mesita, de ganas de encontrar pronto una casa donde abrir su maleta.

Una.

Una sola gota eriza toda la piel del cuerpo. Una gota lenta siseando en su entrepierna, siguiendo un camino que no sale en los mapas. La gota se detiene contra el tejido, rebotando al chocar contra el fruncido de sus bragas leves, de un azul que desentona con la temperatura de su cuerpo y que ahora, ceñidas en torno a ella, son la boca de un guepardo en la garganta de un impala. Se remueve en el sofá apretando más los ojos, y las gotas —que se han multiplicado— sin importar si son de agua o de sudor, fluyen hacia el algodón azul que cubre su culo alzado por la agitación y, quizás, la fiebre.

En la cantina suena un acordeón que pende de un bigote, el zumbido de una heladera, algunas espuelas rojizas, rumor entre los tragos. Se pasea por allí empapada, recién levantada. Su camiseta postrada ya a los pies del sofá y ella perdonando cada vida, cada mosca, cada impulso a cada paso. Segura de que le miran, no presta atención a los ojos densos ni a los dientes de oro. Le bastan dos dedos para separar las bragas de su cuerpo y recrearse en el retorno del elástico a su piel. Cuando suena el pequeño latigazo, se retuerce de nuevo en el sofá por el sofoco irrespirable de las 3 de la tarde, de esas gotas sitiadas contra el algodón celeste a las puertas de su cuerpo.

Suspira sin que el aire llegue dentro, suspira y se tapa, y descubre que lo hace para secarse el pecho, irascible, húmedo, duro. Resopla, después gruñe. Desde la ventana se ve como el calor saca de foco al paisaje. A punto de levantarse —quizás vaya siendo la hora de esa ducha— observa la casa donde le es tan difícil dormir: la cocina sin recoger, la puerta de uno de los dormitorios abierta, abrigos abandonados en el perchero desde abril, la mesita, el agua, el hielo, el sofá. Aún se coloca boca abajo y una brizna de aire de Atacama sopla en sus hombros. Se estremece, después bufa. La almohada contra la boca.

Camina por la barra. Bambolea. Camina descalza. Clava las caderas para que se le mueva bien el culo. Camina de puntillas. De la vitrina, intratable, agarra una botella y salpica su cara mientras traga y camina. Hilos de tequila resbalan por su clavícula de camino al corazón. Camina como se camina en el país en llamas, sin mirar a nadie, obligada al egoísmo, apretando el culo para que el paso sea firme, como se camina en el frente.

Sus anfitriones —amigos de un amigo lejano—le han recibido muy amables, ignorando que es morena y pequeña y fuerte, y que no sabe dormir. Puedes estar el tiempo que haga falta le han dicho frente a una tele, nosotros trabajamos todo el día, apenas paramos en casa. Anoche compró un buen vino para darles las gracias, pero no beben, no viven, no hacen gran cosa: buscar plata o desplomarse.

Boca abajo, en la cantina que no conoce, dejando que una esquina de la almohada entre en su boca, subida a la barra, con el culo enhiesto, muy por encima de su cabeza, muy muy por encima de todas las cabezas del bar, como una esponja, se abre.

Con los ojos aún cerrados, con las manos agarrándose aún el culo, escupe un grito contra la almohada. La tela azul roza su coño y roza su ano pero, sobre todo, se tensa contra el espacio inabarcable que los separa. Un agua tibia brota de la nada y cualquier parte.

El calor del sofá se arremolina en sus tetas inflamadas, en la almohada, en su ombligo y, sin soltarse el culo, con esos mismos dos dedos que tan bien conocen sus bragas, trata de apartárselas a un lado. No puede verlo, pero sabe que así, mientras la tela está en su propia frontera sonrosada, ella oscurece. Primero en un punto insignificante, después tirando una línea que se ensancha a medida que el asombro por su trazado, vaporoso y exacto, se pierde en el silencio que se hace en la barra y calla espuelas.

Abre los ojos.

Algo le trae de nuevo al sofá. Suelta sus nalgas. Antes de incorporarse, entiende que es otra puerta la que se abre en el rellano. Donde quiera que esté, es un alivio que corra de nuevo la brisa de Atacama hacia su sexo. Qué más da si sale del ventilador languideciendo en el techo mientras alivie el fuego que trata de fundirla desde el exterior de la casa. La brisa del mismísimo infierno, cualquier cosa menos ese algodón empapado, ya marino, que fue braga y es mordaza. Cualquier cosa menos el manantial de agua salada que ahora es.

Toda mano de cantina está curtida. Algunas juegan con vasos, otras sostienen cicatrices, humo o cigarros, y tamborilean sin ritmo hasta que una se decide a tocarla. Entonces, las demás la siguen.

Al principio son caricias.

Por si son demasiadas, aprieta de nuevo los ojos. Le tocan la cara y los muslos, pasan por su cuello, le cogen del pelo, juegan con sus tetas manos calientes y firmes, le agarran del hueso de la cadera, le meten dedos en la boca, dedos en todas partes, de dos en dos, y mientras lo hacen, y salen, y vuelven a entrar, piensa en la lámina de un esqueleto de un libro de ciencias, en una mariposa suspendida de un alfiler, en los zapatos que olvidó en una playa y se tragó la marea.

Los ojos se le abren solos. Dos fisuras y detrás, unas pupilas tremendas y acuosas. Sólo puede ver sofá y el transcurso de un mechón pegado en la cara. Ya no hay manos ajenas. Grita, traga, se atraganta con la almohada porque algo frío, tan frío que marca, una pieza firme de hielo, dentro de ella, comienza a avanzar despacio y ya no para.

La cantina se vuelve un hombre descalzo; la nevera, cantina; esa polla transparente, todo el hielo del mundo y el azul, el color de su flujo.

La sábana, turquesa y sus tetas, volcanes.

El magma cubrirá pronto el país.

Su cuerpo humeante y abierto es pasto del frio. Aúlla sin saber a qué luna, se deshace en el chirriar del cartel de la cantina al viento. Se contrae con el tesoro escondido de sábana cogida en un puño. Cruje su carne o el hielo, deshaciéndose en su mano.

Una llave entra en la puerta y las ventanas estallan, ahora que ya se han vuelto rojas.