Mudo

Posted on julio 5, 2016

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Un mundo blanco y negro y mudo del que no se ha conservado el audio porque no se registró. Una ventana sin ruido de fondo en Alemania. Es 1944. Alguien ha estado grabando el balcón grumoso que tenía enfrente, quizás la suerte, quizás consciente, quizás un soplo. La luz tira líneas de desgaste a intervalos irregulares sobre la película. La puerta del balcón se abre violenta, y de ella sale un cuerpo envuelto en pánico. Se agita y contorsiona mientras trata de zafarse.

Enseguida unos brazos. Al menos 3.

Uniformados que lo agarran justo a tiempo para que no se encarame a la barandilla del balcón, para que no salte al vacío o deje de gritar. Al arrastrar al cuerpo hacia adentro, lo golpean contra el pomo y el cristal, contra todo lo que está cerca del aleteo de ese pecho en su camino de vuelta al interior del edificio.

La puerta se cierra.

Durante dos instantes la escena queda quieta. La puerta cerrada es la instantánea.

Podría ser otra postal, no hay líneas sobre la película.

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            The century of the self, Adam Curtis. Uk, 2002 55´09´´-55´19´´

Los documentales de Adam Curtis se realizan sin rodar un sólo fotograma, utilizando imágenes de archivo. Puede que tenga razón, que todo haya sido grabado con anterioridad, que baste con dedicar suficiente tiempo al bruto que grabaron otros.

Un disparo destroza el cristal del balcón de la terraza desde dentro, pero no lo oímos.

Sin sonido no sabemos cuantos disparos han tenido lugar, ni cuales han hecho blanco.

Quién, a quién, cuánto, por qué.

La narrativa de Curtis, como que le suena a uno, pero la forma en que se acaban combinando las imágenes siempre parece nueva. Vi The Century  of the Self  en enero y desde entonces no me quito el balcón de la cabeza.

Si la calle está desierta, si han forcejeado descalzos o si alguno ha reservado mesa para cenar.

Sólo sabemos que esa bala se pierde a través del gramaje de la filmación, ya anónima, hacia la puerta de Brandenburgo, dispuesta a detenerse contra lo primero que se cruce en su camino.

Es lo que conservamos, en bobina, del balcón de aquel año, de la Europa de ayer, del silencio de siempre.