Escribe, transforma

Posted on mayo 11, 2015

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Hace unas semanas participé en un experimento de Quantum Prose. Me preguntaron si creía que podíamos transformar la realidad al escribir.

Pues claro.

Me explicaron que a una hora y en una fecha acordada, 120 personas escribirían desde 33 ciudades distintas a la vez. Después estudiarían si había sincronicidades entre los textos, o telepatía entre los participantes. El único vínculo además de la fecha y hora era que antes de empezar a escribir todos beberíamos un vaso de agua.

Aún no conozco los resultados del estudio, pero esto es lo que escribí:

 

Voy con media hora de retraso, me salva el hecho de vivir en Canarias, o no. Voy con 28 minutos de retraso y no se sobre qué escribir. Pienso en escribir algo y pienso cuántos lo habrán escrito ya. Pienso en escribir un cuento. Pienso en Chejov.  Pienso en el clavo de Chejov, porque hace unos minutos se ha descolgado el corcho donde pincho los papeles importantes en mi casa, se ha volcado ruidoso contra la mesa, me he asustado, como si no fueran importantes, como si los papeles pesaran su peso en plomo.

Pienso en algún motivo literario para poner a 60 personajes o 100, a escribir simultáneamente, pienso que un experimento sobre telepatía es perfecto.

Pienso en todos esos vasos de agua, en los que tendrán rocío o similar por la parte exterior del cristal. Pienso en agua del grifo y en mineral embotellada, pienso en como se lo habrán bebido los demás. Yo del tiempo y de golpe. Pienso en si ese fluido fluyendo por nuestros organismos servirá para que fluyamos más allá de nuestros organismos, de unos organismos a otros, de unas ciudades o atrás franjas horarias. Pienso que estamos tejiendo con agua, que es lo que me gusta.

“Chejov bebió de golpe su vaso de agua del tiempo y se levantó de la butaca. Contrariado, examinó la corchera, allí había varios papeles, una cita para una colonoscopia, un listado de documentación para conseguir un visado, otra lista llena de cosas dispuestas en vertical sobre un folio. Muchas de ellas tachadas.

Resultaba extraño que la corchera, y el clavo, se hubieran descolgado de la pared, así sin más, porque era sin más, ¿verdad? Antón examinaba su clavo y lo que ahora le sorprendía era que ese trozo de hierro mal galvanizado, retorcido mil veces, hubiera sido capaz de aguantar el marco, el corcho y el papel durante ¿qué?, ¿dos años?, ¿tres?, ¿once?

Antón, Chejov, su clavo, ninguno sabía que estaban haciendo historia, ninguno sabía que esa historia sólo sería semejante a la verdad. Una de las reglas fundamentales del relato (y esto se ha dicho en varios idiomas y acentos) es el clavo de Chejov.

Si en un relato aparece un clavo, es porque algo ha de colgarse en él. No aparecen clavos sin nada colgando en los relatos, no hay nada de azaroso en los relatos, no hay corchos cayendo sin motivo en los relatos. Chejov puso de nuevo la corchera en orden, aprovechó para tirar la cita de la colonoscopia a la basura, a pesar de que había de realizarse 8 días más tarde, tachó al azar otro de los componentes de una de sus listas y clavó de nuevo su clavito en el agujero de la pared. Así quedó largo rato, contemplándo, como congelado, sujetando el corcho y las chinchetas,  las listas de tareas.”

 

Idea: Quantum Prose; Quantum Prose en Facebook, @QuantumProse

Responsable del experimento: Lissi Sánchez

Fotografía: Amanda Means

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