Gotham a Gotham

Posted on abril 7, 2015

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Bufanda y gorro dentro del autobús. Fin de otoño en Nueva Inglaterra. Fuera no hace tanto frío, pero un chorro de aire acondicionado me alcanza en ráfagas desde que hemos salido de South Station, Boston. Me sigue haga lo que haga en el asiento. La gente no se queja, se abriga. La temperatura exterior es de tres grados.

No hay otra manera de entrar a Nueva York que atravesar cualquiera de sus puentes. Mientras se nos acercan por la orilla los rascacielos de protección oficial, la carretera discurre por campos santos. Los cementerios neoyorkinos ni tienen cipreses, ni muros que contengan lo plañido. Hermosos y sinceros, sus lápidas cuentan, sin dejar de torcerse, que la gente efectivamente muere.

Patos sin plumas cuelgan bocabajo al otro lado de vitrinas empañadas. Hemos llegado a Chinatown.

De lo monstruosa que es esta ciudad, se ofrece cercana, con hechuras de barrio. Gritos y aceite. Replegada sobre sí misma se hace pasar, por momentos, por una ciudad de provincias, un ensanche de límites crecientes desmadejándose en paralelo.

Gotham aquí es un nombre recurrente. Consultoras o cafés, edificios, carteles con el nombre de la ciudad de Batman y es que, la ciudad de Batman, es una versión oscurecida de NY, de la misma manera que Metrópolis es la interpretación edulcorada hecha a medida de Clark Kent.

La ciudad me trata bien. Me sorprende. La gente es amable, revolotea a mi alrededor, curiosea. Se me ponen ojos de niño y cumpleaños. En el metro, en las tiendas, en las mismísimas esquinas de Queens, se me acercan y preguntan cosas sobre mi vida y, sobre todo, sobre las suyas.

La vida se hace en la calle y la calle es fría, por eso en noviembre casi todo ocurre en establecimientos donde los cafés se sirven translúcidos en taza grande, son caros y dan sueño. Este lugar consigue que cada encuentro parezca una epifanía. La primera pregunta, con la que se rompe el hielo por aquí es: ¿qué haces para vivir? Aprendo, poco a poco, a no contestar que mis constantes vitales se mantienen sin que yo les haga nada.

Compartir mesa significa que me enseñen trucos y modos, cualquier estrategia es buena y se comparte sin pudor. Coinciden en que si quieres, puedes. El caso es ganar mucho, lo justo para escapar. Nueva York es un asunto económico, un desfile de rabos sin lagartija, de cutis blindados y ojos hambrientos.

Cuesta creer que el hombre murciélago haya inspirado tantos nombres de la ciudad y entonces, descubro que Gotham se utiliza ya en 1.630 para burlarse de una población de Inglaterra. Goat Town —en origen—nos llega desgastada como los pies de un Cristo a la entrada de una parroquia, sin algunas letras, desfigurada.

Gotham: Village of simple minded fools.

El término se pone de moda una década y se denosta después, pero desde que el Caballero Oscuro irrumpió con sobriedad en forma de Christian Bale, el concepto no ha hecho más que crecer.

En apenas una semana conozco a editores chilenos, a encargados de librerías uruguayos, poetas becados de Sevilla, vividores, nominadas murcianas, estudiantes eternos, magos y tarotistas mejicanos, críticos contemporáneos hindúes, camareros de Avilés, pijas madrileñas hastiadas, doctorantes, merodeadores, supervivientes todos. Cada newyorker camina una media de 6 km. diarios llevando entre los guantes cualquiera de sus muchos presentes.

Hasta el 11 de septiembre, y en esto también coinciden, New York se consideraba a sí misma centro neurálgico del estado de Nueva York, a pesar de que la capital es Albany; de Estados Unidos, capital Washington; del mundo decapitado entonces, igual que ahora aquellos patos. Quienes llevan aquí años dicen que todo ha cambiado. Las normas de seguridad en los aeropuertos, sí, pero también el volumen de miradas de frente.

Es de las pocas ciudades del mundo que no requiere de una prueba de acceso. Para ser newyorker basta con llegar a la ciudad y sobrevivirla. Aquí se sobrevive de la misma manera en que a menudo en otros lugares sobreactuamos.

Uno se baja de un bus y de repente es newyorker y por eso mismo empieza a andar más deprisa, a caminar mucho sin mirar demasiado al cielo por si acaso nieva, que te va a dar lo mismo, o a hacer ejercicios mentales de aritmética para descifrar las leyes, que las hay, que rigen el mapa del metro.

Seis palomas planean sobre los railes hasta perderse en el túnel de Franklin Avenue. Son blancas. Buscan el calor del subterráneo. Están sucias, pero son blancas. Por cada tramo de escalera, un tono nuevo de piel que deambula. Huele a pis, nadie se plantea colarse, hace frío, chicos aburridos juegan con un palo en camiseta interior. La elegancia de animal enjaulado y libertado después a cambio de su docilidad, no se arrebata con nada. Ni con crack, ni con chándals, ni con diente chapado en oro.

Roland me cuenta que con el último huracán que arrasó la ciudad (Sandy. Octubre, 2012.), quedaron de manifiesto las grandes debilidades de la autoproclamada capital mundial de casi todo, que no deja de ser un archipiélago. Estas islas, además de ser espacios de tierra rodeados completamente por agua, son prácticamente planas y están superpobladas. Cuando el mar invade la tierra lo hace sin dejar margen de maniobra a la ciudadanía.

Con el caos que supuso el agua anegando la ciudad hasta la calle 22, exigiendo embarcaciones para poder moverse por la ciudad e interrumpiendo el suministro de electricidad durante una semana en la zona sur, mientras el resto de los barrios contemplaba atónito el apagón de sus vecinos, algunas preguntas quedaron suspendidas en el aire, no tanto acerca de si Manhattan se mantendrá a flote, sino cuanto tiempo lo hará y qué haremos para escapar de ella.

Gotham es también desde el año 2000 una fuente tipográfica, creada por Tobias Frere Jones a requerimiento de la revista GQ. Su cometido era crear una fuente que transmitiera una honestidad incuestionable, aunque quiero creer que los editores le darían alguna otra clave. Buscaban algo geométrico, fresco y masculino para su revista. El tipógrafo, en lugar de mostrarles un dildo congelado con aristas y sabor a lima-limón, acabó presentando todo un abecedario basado en la tipografía que rotula la estación de autobuses de la Autoridad Portuaria de Manhattan.

La percepción que ha ido consolidando la ciudad —y todos sus remakes cinematográficos— de invencible, cuando llego, a finales de 2014, se ha desvanecido igual que el vapor del metro a través de sus alcantarillas. Puede que al saberse vulnerable se haya vuelto generosa. Sin duda sobre-viviría en Nueva York algunos años. A pesar de la energía que te exige, aquí me siento a gusto, un nomigrante más, tan extranjero como cualquier newyorker.

Una convenience store en Brooklyn dispone de contador de días en los que no se ha producido un tiroteo en las inmediaciones. Carlos vive en el hood y dice que la cifra más alta que ha visto en ese panel no llegaba a 40. Él y Mónica se tiraron al suelo al empezar a oír disparos, sin saber muy bien qué hacían, a la vez, sin haberlo hecho antes, hasta que aquél coche lleno de casquillos desapareció chirriando a gran velocidad entre los destellos de sirenas que habrían de perseguirlo.

El equipo de Barak Obama optó por la Gotham Light para su campaña prendado de la curva especial de su g. Según los expertos esta tipografía inspira confianza hacia el emisor del mensaje. Nos hace sentir que habla con serenidad, seguro de sí mismo y lo que fue más importante para el actual presidente americano e inexplicable ganador del Nobel de la paz, esta fuente ayuda a sugerir ideas progresistas sin espantar a los caballos más reacios.

Invito a chupitos de pickleback en un club de electro pesado y manos tatuadas, con la enorme cabeza de un alce disecado frente a la barra. A nadie le importa que las ramas de su cornamenta amenacen con clavarse en algún cliente con pérdidas de equilibrio. Me pregunto si siquiera las habrán visto mientras vuelvo a mis ejercicios de calculo para acertar cuanta propina le corresponden a unos mililitros de whisky a 30 dólares. Te lo sirven en dos vasos pequeños uno con bourbon y otro con el líquido en el que se conservan los pepinillos agridulces. Primero se bebe el licor.

En el sótano de The Thing hay un millón de vinilos desordenados. Esa es la cifra que me facilita el dependiente. Un millón de vinilos en cajas descompuestas, unas sobre otras. De esta manera se juntan Pavarotti con The Four Tops y una suculenta colección de Deff Jam, todo dentro del moho que envuelve otra caja. Pregunto cómo encontrar algo aquí y me dan una sola palabra.

Time.

Las formas amables de la Gotham, especialmente de la f y la t nos arropan, nos devuelven esa confianza que perdemos con la misma soltura que los guantes derechos en invierno a la vez que nos advierten, pero es una advertencia sutil, que trata de pasar inadvertida.

Paseo por los raíles del Highline, llego al Chelsea Hotel y está de reformas. Pego un adhesivo en la placa del Club de Amigos de Leonard Cohen que me recuerda por qué he llegado a este vestíbulo pero sobre todo mi escasa originalidad de turista antes que newyorker, y la de veces que he cantado we are ugly but we have the music.