Madrid, qué bien insistes

Posted on mayo 30, 2014

1



Como volver de viaje es siempre una resaca, como las esperas en las terminales radiografían lentamente las vidas, los hechos, la prisa por aprovechar cada instante; volver es abrir la puerta de la casa cerrada, abrir inmediatamente las ventanas, acabar con la apnea de tu cuarto, tirar lo caducado, hacer la compra, y entristece.

Los viajes provocan depresión cuando terminan. No las vacaciones, cada viaje. Los viajes no necesitan sellos en los pasaportes para hacerse su hueco a codazos ñoños en el transcurso de las primeras horas del regreso, cuando la maleta no ha empezado a deshacerse y aún podrías agarrarla así, cerrada, y salir por la puerta en dirección contraria.

Por eso escribirlos, retratarlos, grabarlos. No tanto por acumular momentos, sino por la recreación a tiempo real, por el engaño que supone la memoria aleteando todavía fresca envuelta en papel de periódico. La realidad no es más que otra interpretación. El viaje otra huida, el recuerdo un buen relato.

Me reconcilié con Madrid cuando fui a vivir a Barcelona. Hubo un tiempo en que me trasladaba por trabajo. Allí escuché de labios rabiosos que Barcelona se moría de fashion. No le di mucha importancia mientras reconocía el Eixample. Luego me di cuenta de que sí, que el diseño era impecable y que la pedrería era Gaudí, pero también noté como el silencio de la gente escrutaba la elección de mis camisas en locales magistrales donde siempre pensaba, joder en Madrid y en este sitio, ya habría hablado con la mitad de la gente que hay aquí, y reído con esos cuatro. Entonces la morriña y el agravio comparativo.

No pienso decir que una ciudad sea mejor que otra, sólo digo que cuando has mamado, forzado y dado de sí los códigos de un lugar, es porque los manejas. Eso fue lo que pasó; en un lugar nuevo, siempre a pleno rendimiento y deslumbrante, pero de códigos desconocidos comencé a valorar el otro, el descolorido y cutre, el de la costumbre.

Ir a Madrid como turista después de haberte exiliado tu solito es una maravilla. Conoces gente, conoces los lugares, y aprecias los destellos donde se han acostumbrado al mate. Madrid es ese lugar del que todo el mundo quiere irse, pero después, mañana, dentro de un tiempo.

Cuando voy soy un escudo humano para todos mis amigos, así que negocian con sus parejas, llaman a sus suegras o canguros y entonces nos echamos a la calle a astillar las sobremesas en terrazas que no cierran y otra gente como nosotros sentados en un culo del mundo del distrito centro, piden nuevas rondas con gestos circulares de muñeca.

Ahora Madrid se abarcelona, y Malasaña se chuequiza, y las barbas keratinosas se manchan de migas rosas de cupcakes, y las despedidas de soltera se han movido en limusina desde El Borne a La Latina, pero aún es posible enseñarle a un buen amigo que, aunque es verdad que pocas como Madrid son capaces de una estatua al Ángel Caído, también es muy capaz de otra más reciente, canalla y oculta de un ángel cayendo a unos cientos de metros del Km.0.