20 años y un par de días

Posted on abril 7, 2014

2



Si es que nos reíamos de todo. En el 94 nos reíamos de todo, por eso cuando apareció la imagen de los pies de Kurt Cobain tras una puerta, nos descojonamos. ¿Ya está?, ¿El Mesías se vuela la tapa de los sesos, y nos enseñan sus zapatillas? Ahora respeto algo más a los suicidas, pero por aquél entonces me parecían unos fanfarrones.

Yo estaba en casa de una compañera de clase. Habíamos quedado para terminar uno de esos trabajos de la facultad, que al final hacían las chicas responsables del grupo, mientras los demás nos lo bebíamos todo. Paramos para comer. Entonces su hermana, muy atractiva con la falda de tablillas del uniforme del colegio, entró desconsolada y nos lo contó entre sollozos. Supe que no volvería a llorar así jamás, ni cuando le rompieran el corazón por tercera vez, ni cuando enterrara a sus padres. Era un llanto real y desproporcionado, como de romanticismo alemán, y no parábamos de descojonarnos.

Ya estaba convencido de que se debe desconfiar del éxito arrollador, lo que no sabía es que a veces el que triunfa no es el máximo o el único responsable. Podía distinguir el olor a quemado, pero erraba al señalar la dirección de la que provenía. Para cuando todo acabó, aquellos chavales eran las mascotas de la MTV, y la MTV era un divinidad hasta arriba de antidepresivos, así que en el 94 ya estábamos hartos de que  Nirvana flotara en la sopa.

Que cosa tan cansina y tan frecuente en la industria: exprimir hasta provocar rechazo. Inundarlo todo hasta ahogar a la gallina y hacerle seguir poniendo huevos de oro.

Para nosotros el sonido Seattle, era el recuerdo de Jimmy Hendrix inmolando su guitarra, cuyo relevo había cogido perfectamente Lemmy de Mötorhead, que había sido roadie suyo y que es inglés y vive en Los Ángeles.

Poisón Idea, sin ir más lejos, en el 91 facturaba su Feel The Darkness y en el 92 el Black Blackout Vacant validando una bonita acepción del underground: Los yonkis más gordos del mundo y una portada con fondo negro con el nombre de la banda en azul y el título del disco en blanco. Punto.

Conocíamos de primera mano la distorsión. El mismo año del Nevermind, el 91, se publicaban el Ribbed de Nofx, el Steady Diet of Nothing de Fugazi, y El Thank Heaven for Little Girls de los Dwarves. El año anterior, Pixies y su Doolittle, Jane´s Adiction con Ritual de lo Habitual y suma y sigue. Preferíamos la crudeza de Black Flag o Hüsker Dü pero sobre todo, ellos habían llegado antes.

Además aquí con La Vida Mata de Los Enemigos, o el Intoxicación Etílica de S.A. no nos quedaba tiempo para tanto venerar. Creo que no necesitábamos que vinieran a contarnos que el mundo era una mierda y además ya lo habían dicho otros; Eskorbuto llevaba años preguntando a viva voz ¿Dónde está el porvenir que crearon nuestros viejos?

Tengo el Bleach en vinilo en casa, una cosa no quita la otra, pero estoy seguro que parte de la maldición de Kurt fue ser guapo o rubio, tanto que se coló en las carpetas de las pijas, y en recopilatorios de fabricación casera junto a Sergio Dalma, Bryan Adams, Xtreme, o el silogismo de Mecano (Una rosa es una rosa), que era con quien escalaban puestos en las listas.

Lo menos que podíamos hacer era no tomarnos aquello demasiado en serio, ¿no?

Subpop les sacó el primer disco, pero si algo debo agradecer al sello de Seattle, no es el descubrimiento de Nirvana, sino que trajeron a la Revolver el concierto que habría de cambiar mi vida: Dwarves&Supersuckers&Revernd Horton Heat.

Luego en el 94 los vi en el palacio de los deportes. Estaban borrachos y desganados, quizás para hacer aún más patente la histeria de 4000 asistentes. Novoselic lanzó su bajo tratando de alcanzar el techo del palacio, pero ni siquiera tuvo el detalle de que le cayera en la cara como en el gala de la MTV. Fue muy decepcionante.

Algunos chicos se enredaban el pelo, los vaqueros se vendían rotos o deshilachados en los centros comerciales y nosotros nos subíamos los sábados a las azoteas de Malasaña a través de los andamios con los que arreglaban sus fachadas, aparcábamos bicicletas holandesas en las lenguas, bebíamos litros, comíamos pipas en las plazas y después intentábamos entrar a algún garito. Echo de menos como era Madrid entonces, es verdad, pero también había nazis haciendo batidas por el centro.

Cada vez que un aniversario llega a un número redondo se produce un sospechoso fenómeno de olvido generalizado de los detalles del asunto a tratar. Los matices parecen enterrarse con los muertos para dejar que un recuerdo magro, difuso y conveniente nos reescriba la historia.

Había vida antes de Nirvana, dejaron huella, en algunos imborrable, no lo dudo y hasta me alegro, pero no me quitaron el sueño. Yo seguí tocando y viendo grupos en salas pequeñas, donde podías escuchar lo que gritaba la gente entre canción y canción, y es que es ahí donde ocurre el rock and roll.

Sólo era eso.

 

Foto: Poison Idea, efectivamente los yonkis más gordos del mundo.