Al otro lado

Posted on enero 22, 2013

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Metiste un montón de besos en un bote de cristal. Te llevó bastante tiempo escribirlos en trozos de papel. No hay dos besos iguales. Era una sorpresa. Te temblaba la voz a través del teléfono, cuando soltabas alguna de tus pistas indescifrables. Para recoger el regalo debía pasar por tu casa. Yo encantado, aunque nos separaban tresmil kilómetros. Iba con el tiempo justo y sólo pensaba en ti, así que sobrevolé toda la carretera a un palmo del asfalto. No junté las pestañas hasta llegar al aeropuerto de Epicentro.Las fuerzas de seguridad tienen instrucciones precisas para luchar contra el tedio en las terminales. No encontraron nada de valor en mi maleta. La buena mierda siempre la llevo encima. Llegué a la oficina de firmas de Compañía. Convencí a una tripulación para que me llevara hasta La Isla. Entré en un avión y creo que me dormí un rato antes de aterrizar en el aeropuerto de Los Ambages. Allí hice casi lo mismo, ahorrándome la apertura de equipaje en el control C. Ya se lo estaban abriendo a otro.

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El nombre del aeropuerto se debe a las maniobras que sistemáticamente deben realizar las aeronaves en su aproximación a la pista. A finales de los sesenta, en pleno boom turístico, se encargó a un arquitecto belga de renombre el estudio de La Isla para ubicar y acometer en ella un aeropuerto. El belga pasó más tiempo en las playas y boîtes del momento, seduciendo jovencitos descendientes de los menceyes, que trabajando en lo encomendado. Murió repentinamente, aunque era ya un hombre de edad, y por eso se presuponía respetable. Los medios nunca se hicieron eco de que lo encontraron atado a su cama con una bolsa de supermercados Alteza ocultándole la cara. La causa oficial del fallecimiento no dejaba lugar a dudas: parada cardiorrespiratoria. Entre sus pertenencias, desordenadas en una pila de cajones volcados, no encontraron joyas, ni su reloj, ni su pluma de oro, pero si unos papeles del proyecto en el que estaba trabajando. Las autoridades descubrieron un mapa de La Isla lleno de anotaciones incomprensibles para quien no las hubiera escrito, y una gran cruz ubicada donde actualmente se levanta el aeropuerto. Dedujeron que aquel documento era el fruto de una larga temporada estudiando la orografía y meteorología de La Isla, y que la equis indicaba el lugar ideal para erigir el aeropuerto. Encargaron el edificio a otro arquitecto, que les entregó un diseño convincente apenas unas semanas más tarde. Lo levantaron. Desde que se inauguró la terminal, todo apunta a que la cruz sobre el mapa de La Isla marca el lugar más peligroso para hacer el aeropuerto. Viento, niebla pertinaz, rodeado por una incomoda cordillera y en la zona con más precipitaciones del archipiélago. Cualquier zona sin marcar habría sido mejor.

Salí de Los Ambages y no cogías el teléfono. Anduve hasta tu casa. Media hora larga. Tenía ganas de respirar esa humedad y ese verdor. Por el camino iba oliendo las parchitas, recibiendo el sereno que me acercaba a tu casa. Te llamé.

-Hola, preciosa, estoy de camino.

-Ah.

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Ahí no me diste un beso. Seca como un almendro sin regar. Algo distante, algo distinta. Ya se podía ver tu casa desde la cuesta. Busqué la llave que escondías bajo una piedra en el jardín y entré. No tuve tiempo ni de quitarme la mochila. En la mesa del comedor, un bote de cristal transparente con tapa de metal, destinando en un principio a contener té, galletas, o cogollos, lleno de  cuadraditos blancos. Trozos de papel doblados, muy parecidos entre sí. Junto al bote, en la mesa iluminada por dos cirios morados que olían a musgo, limón y hierbahuerto, había una nota tuya con algo que parecían ser las reglas del juego. La aparté de un manotazo y cayó bajo la mesa. Abrí el bote, que olía a ti, y cogí uno de los trocitos de papel. El único que se veía anudado por un cordel fino para asar redondos de carne. Besos de bienvenidaSonreí. Lo sé porque encontré mi cara reblandecida con la lengua casi colgando al cruzarme con mi imagen en el espejo. Me quité la mochila, cogí el bote, que estaba frío, y lo observé. Como si me hubieran regalado un kilo de boquerones en vinagre bien macerados, salivaba. Aún no estabas en casa y ya me habías besado. Abrí de nuevo el bote y metí toda la mano, se me encajó. No fue fácil sacarla de ahí. Me imaginé llevando una vida normal con mi mano atrapada para siempre en un tarro transparente rodeado de besos tuyos, que no podría leer nunca. Seguro que por eso consigues una buena pensión de invalidez. Los rocé igual que paso los dedos por tu infinito recién duchado, despacio, aguardando la humedad contenida en su interior. Comencé a abrirlos como si nunca me hubieras besado. Como si nunca nadie se hubiera encariñado con mi boca. Como si sólo lo hubiera visto en los finales de las películas. Besos en marea llena, besos blancos. Las posibilidades eran infinitas. Besos fantasía  con hielo picado. Sonaba a plato estrella de un restaurante de moda. Cogí otros. Besos en los párpados, besos de wasabi, besos por que no te vienes a vivir conmigo, besos de delfín, besos boca abajo tumbada encima de ti, besos con gusano como el tequila, besos sin fundamento. Seguro que no lo estaba haciendo bien. Recogí las instrucciones del suelo y ahí se me advertía del abuso indebido y delicioso que yo ya estaba haciendo. Cuando llegaste te abracé y te devolví los besos ya leídos. Sé que hay uno reservado para el final. Lo pone en las instrucciones. Lleva un cordel finito como el primero –aunque no esperes gran cosa- pensaste en voz alta. Quizá lo abra el último. Los guardo cuidadosamente después de saborearlos. Siempre están bien doblados, alguno tiene un tachón, o comillas, o combinaciones de palabras que solo he leído que salgan de tus dedos.

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Capítulo 45- Cuaderno de Agua (Canalla Ediciones, 2012).

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