El placer de tejer y destejer

Ella no. Ella no necesita casi nada. Ella ya no necesita a nadie. Hace y deshace su ansiedad por impedir que se le escape. La maneja como le parece, que para eso es suya. Sabe que le llaman Penélope y que eso les parece irónico. Saben que su nombre es más bonito. Saben que a ella no le importa que se rían. Saben lo monótono que puede ser tejer y destejer, pero sólo ella conoce el modo en que el hilo serpentea por su pecho. Cómo la lana avanza despacio erizándola, enrollándose en su aureola. Sólo ella sabe que su piel de gallina es provocada, y no es el frío. Del taburete a la cama solo hay un paso que se hace con sigilo, en calcetines, dejando caer las agujas para que suenen contra el suelo como pequeños trozos de cerámica. Mordiéndose el labio aguantando una sonrisa, separando con dos dedos el culotte de la piel, apagando las luces, subiendo esa canción tan lenta, entornando los ojos, sacándose el jersey, lanzándolo sin preocuparse dónde cae, perdiéndose en la penumbra tras la puerta de la habitación.

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