Embotellada

Posted on enero 29, 2012

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vista aerea

-Señora, estamos a punto de despegar, tiene que apagarlo inmediatamente-. A Stevenson le sudaban las manos.

-But, I can´t- Su inglés era duro y apretado. Sus ojos azules y fríos. Se lo tendió para ver si él era capaz. Tardó en reconocer el aparatito. No era un móvil de última generación, tampoco una mini consola, ni una agenda electrónica. Un tamagochi. Hacía tiempo que no veía un cacharro de esos, y desde luego nunca había visto uno viajando en avión.

– Do you know how to turn it off?

-No- Le dio la vuelta esperando encontrar un interruptor. La señora, mientras observaba el cacharrito amarillo, le arrebataba el otro tamagochi a su hija más pequeña. Las dos niñas  miraban clavando sus ojos gélidos. Debían quedar tres o cuatro minutos para irse al aire. Se secó el sudor con una servilleta, un sudor que hablaba de la noche anterior, y reunió al resto de tripulantes.

-Tienen dos tamagochis.

-¡No jodas!

-Dos ¿Qué?

-Dos tamagochis. Una especie de huevos electrónicos. Tienes que cuidar de ellos para que te duren.

-Dice que no se puede apagar.

-Creo que si no les das de comer se mueren-. Stevenson se encaminó a sus pasajeras, apartándose el mechón de la frente con un gesto afectado de cuello.

-Excuse me Madame, we are about to take-off and every electronic device should be disconnected, so we have to get rid of them-

 

-Oh my god!!- La madre anticipaba las consecuencias de las frases y las niñas pasaban sus ojos desmesurados de los tamagochis a los miembros de la tripulación, sin acabar de entender, pero intuyendo la tragedia. Los cedieron para la ejecución. Se estudiaron detalladamente, pero no se encontró ninguna función de defunción. Los motores del airbus cobraban potencia, se devolvieron los huevos electrónicos a sus propietarias, porque en los cursos de instrucción se les había enseñado a discernir lo urgente de lo emergente. Cubrieron sus puestos hasta después del despegue. Stevenson se acercó a las pasajeras  que se resistían a mirarle a los ojos, mientras le era imposible obviar el escote de la madre, lleno de pecas. Les llevó tres botellitas de agua mineral con sendos vasos de plástico con hielo. Todo en una bandeja decorada con servilletas que lucían el logotipo de Compañía. Era por la inercia por lo que trataba de ser amable. Les sonrió diciendo vayasuerte, trató de ganárselas, sin mucho éxito, mostrando sus dientes.

-Esta vez los aparatitos han sido indultados.

A la madre le desbordaba la congoja y  la aflicción. Una de las niñas lloraba y la otra miraba a su familia mientras protegía entre sus delicadas manos al cacharrito amarillo. Les explicó de nuevo que cualquier aparato electrónico podría interferir con los sistemas de navegación de la aeronave. También lo enseñaban en los cursos, pero nadie acababa de creérselo. Les explicó que no estaban acostumbrados a llevar este tipo de pasajeros cibernéticos sin botón de apagado, que no se contemplaba en ningún manual, y que quizás lo mejor sería no alimentarlos durante la semana de vacaciones que acababan de empezar. Que no los mimaran ni una pizca. Se preguntó en voz alta si dispondrían de una tecla para la resurrección, o si sólo se les concedía una vida. Stevenson se hizo mucha gracia. Su inglés, aunque nativo e impecable no era muy ortodoxo y debía ser incomprensible para un ama de casa escandinava. Ahora era la madre, quien tras pegar un trago largo al agua, con los ojos como huevos de pascua, humedecidos, arropaba a las dos hijas tratando torpemente de tapar sus oídos.

-So, you want me to kill them now?